La vida cristiana está llamada permanentemente a crecer y a perfeccionarse. Por esta razón, la actitud propia y específica es vivir en conversión.
La conversión nos recuerda que nuestro referente no es otro que el Santo y nuestra vocación es la santidad, y que la mediocridad y la acomodación se instalan a menudo en nuestra vida.
Cada uno de nosotros somos llamados para amar, y la grandeza de un ser humano se demuestra en el esfuerzo que realiza para luchar contra el mal, que en ocasiones la mayor batalla se ejecuta en el interior de cada persona.
En este dinamismo de "combate espiritual", el creyente está en proceso de conversión para erradicar la fuerza del mal, tan poderosa en nuestra vida cotidiana, porque, como bien decía Fray Luis de León, "para hacer el mal cualquiera es poderoso".